09/12/2011

Un día en Clipperton. O casi


Cocos en Clipperton. Y. Chavance/Tara Expéditions

La tripulación lo estaba esperando con impaciencia: un día en la pequeña isla de Clipperton, en medio del Pacífico Norte. Una mezcla de emoción y preocupación. ¿Seremos capaces de poner un pie en la mítica isla? ¿El mar nos dejará esa oportunidad? La respuesta en la reseña de un día diferente.

Son las 6:00 de la mañana, miércoles 7 de diciembre 2011. No es costumbre, pero por una vez todo el mundo ya está en cubierta, con caras de sueño. Desdeñando el desayuno, un pequeño grupo se forma en la proa en un suave ambiente de amanecer tamizado. Poco a poco, la monótona línea del horizonte muestra una ligera sombra en la distancia. Nada más hasta que el sol se digna en salir. Rojo oscuro, el alumbra de repente el cielo nublado. Como una señal, sólo un agujero en el horizonte permite adivinar las primeras formas de Clipperton. Cámara al cuello, cada quien empieza a distinguir una lengua de arena, las rocas, las primeras palmeras. La emoción se lee en los rostros, una sensación de vivir un momento especial, un alba fuera de lo común. Al ritmo de la luz creciente Tara se acerca al atolón. Los primeros alcatraces grises dan vueltas alrededor del barco. Rápidamente son una multitud, una nube de aves flotando a veces al alcance de la mano. A las 7:00, ya estamos frente a Clipperton. Por fin.

El barco rodea la isla a distancia prudente para visualizar los pasos que permiten cruzar el arrecife de coral. Ante nuestros ojos desfilan palos de cocos, pecios de barcos tirados en la playa, la famosa roca de Clipperton, la estela donde flota la bandera francesa. Una vez de vuelta al punto de partida, donde parece haber un paso entre las olas que se estrellan sobre las rocas, bajamos el zodiac al agua. François y Alain serán los primeros en echar un vistazo. En cubierta, la tripulación en conjunto tiene los ojos puestos en la pequeña embarcación que parece estar luchando contra los elementos. Una vez de regreso, la noticia no es buena. "Va a ser arriesgado".

Loïc sustituye a Alain para hacer su propia opinión. Diez minutos más tarde, el capitán está convencido de que las olas hacen que el paso sea muy peligroso para desembarcar 15 personas. Además, la marea está bajando y dificultara aun más la maniobra. A modo de premio de consolación, Daniel y Francois se turnan en el zodiac para llevar pequeños grupos a unas decenas de metros de la isla. La playa nos parece entonces tan cerca, tan accesible, aunque el estruendo de las olas rompiendo en el arrecife nos este recordando que no estamos para retar el desafío que nos lanza la isla. Con el viento empujando las nubes se va estableciendo un cielo azul. Tara tira el ancla a unos cien metros de la playa para pasar unas horas frente a Clipperton. Algunos sacan sus cañas de pescar, otros prefieren meterse al agua con máscaras y tubos. Debajo de Tara, un enjambre de peces se mueve en un agua transparente, revelando grandes corales a quince metros de profundidad. Algunos pequeños tiburones de punta negra, curiosos, se acercan a los nadadores.

Estas pocas horas en este panorama sublime, reservado para unos pocos privilegiados, permiten a todos esparcirse, pero la decepción es grande. No poder sentir el suelo bajo sus pies, no poder disfrutar un coco en la playa, caminar entre piqueros y aves, ni siquiera coger un recuerdo tangible de Clipperton. La desilusión es cruel, aún más cuando Tara iza las velas y se va alejando de esta isla tan soñada. Volvemos a la rutina diaria. Nos esperan dos semanas en alta mar y un programa científico hasta Panamá.

Para nosotros, el atolón legendario guardara todo su misterio, la atracción que ha ejercido durante los últimos días permanecerá intacta. La roca de Clipperton se achica en el horizonte. Una banda de delfines se luce con acrobacias delante de Tara. Un ballet en forma de despedida.

Yann Chavance