31/08/2018

Coiba, Panamá​​


30 de agosto. El sonido de un motor que se acerca. El pequeño anexo neumático de Tara regresa con un puñado de investigadores-buzos. Apenas a bordo, les llueven las preguntas de aquellos que permanecieron en la goleta. "Entonces, ¿cómo fue?". Son preguntas sobre el paisaje submarino y sobre el panorama en superficie. Este archipiélago panameño de Coiba es visualmente impactante. Una multitud de islas rocosas cubiertas por una densa jungla, erguidas sobre aguas de color turquesa. Un ambiente de mundo perdido donde nuestra imaginación bien podría hacer surgir unos pterodáctilos.

Después de la descripción del entorno, los investigadores se enfrentan a otra pregunta, también recurrente: "¿Hay blanqueamiento?" En cada isla visitada por Tara, es como un sorteo. Resulta imposible saber de antemano si el sitio está afectado un poco, mucho o dramáticamente, por el fenómeno.

Corales en riesgo.
Para entender el fenómeno de blanqueamiento, debemos volver a lo que es la base del arrecife: el pólipo coralino, un minúsculo animal que se asocia con una microalga, la zooxantela. Una relación simbiótica, cada uno aprovechando esta asociación: la zooxantela proporciona al pólipo la energía generada por la fotosíntesis. El pólipo le ofrece a cambio un refugio seguro en la ganga de piedra caliza que construye pacientemente.

Pero cuando el pólipo sufre una alteración externa, se separa del alga, revelando su esqueleto calcáreo completamente blanco. "Dado que el pólipo obtiene más del 90% de su energía de la zooxantela, el morirá si la situación no vuelve a la normalidad en un plazo de 15 días”, explica Serge Planes, director científico de la expedición Tara Pacific.

Entre las perturbaciones que pueden conducir al blanqueamiento, un recién llegado ha llevado el fenómeno a una escala sin precedentes: el aumento de la temperatura del agua. Cuando se eleva unos grados por encima de lo normal, todo el arrecife puede perder su color. Si esto se repite con frecuencia, las colonias de coral mueren, y desaparecen definitivamente.

En 1998, el fenómeno toma por primera vez una escala dramática. "En el espacio de seis meses, 18 a 20% de los corales del planeta han desaparecido. Fue una primera ola masiva que afectó tanto al océano Índico como al Pacífico. Fue la primera de una larga serie, la culpa de un cambio climático con efectos cada vez más presentes”.

A principios del 2018, un estudio publicado por la revista Science estima que un arrecife sufre ahora un blanqueamiento severo cada seis años, en promedio. Es demasiado frecuente para que el coral se recupere. Y recientemente, el fenómeno ha tomado un nuevo giro.

Al mismo tiempo que la expedición Tara Pacific, parte de los arrecifes del planeta experimenta unos blanqueos repetidos, casi ante los ojos de los científicos de la misión. “Hasta ahora, el fenómeno era masivo, a gran escala. Desde 2015, vemos burbujas de agua caliente, de unos cientos de kilómetros, que causan blanqueamientos muy localizados".
Por lo tanto, los buzos de Tara pudieron tanto admirar unos arrecifes sanos, en las Islas Cook y Nueva Caledonia, por ejemplo, como auscultar desastres como en Samoa, donde más del 90% de corales ha muerto.

El blanqueamiento no era inicialmente el estudio principal de la misión. “Comparamos el microbioma del arrecife, el conjunto de los microorganismos asociados, en los diferentes sitios estudiados. Lo que nos interesa sobre todo es identificar el componente estable, la parte del microbioma común a todos los arrecifes. Pero por supuesto, también miraremos de cerca los sitios blanqueados. Veremos si su microbioma presenta una peculiaridad en comparación con los demás sitios".

Las respuestas, probablemente, provengan luego de los miles de muestras de Tara Pacific, abriendo unas pistas que requerirán nuevos estudios más específicos. Es indispensable tener la esperanza de comprender el fenómeno y anticipar el desastre biológico que se avecina. Los arrecifes de coral del planeta cubren solo el 0,2% de la superficie de los océanos, pero albergan un tercio de la biodiversidad marina.

Yann Chavance