26/02/2018

Sanya, China


Llegamos a Sanya. Imponentes barras de edificios y complejos hoteleros titánicos se erigen en el horizonte. Un ballet de yates, lanchas y barcos de pesca  rodea  a Tara. Estamos en China. Sanya, al sur de la isla de Hainan, es  un balneario cotizado de la “Chinese Riviera”, en esta celebración del año nuevo chino. De noche, es espectacular.  En las fachadas de los edificios ondulan delfines y medusas de luz, renos, palmeras y mensajes en mandarín.  En cubierta, disfrutamos de la frescura nocturna.
Zarpamos de Nha Trang, Vietnam, el 15 de febrero, evitando los restos de una tormenta que viene  de Filipinas hacia Vietnam. Izamos las velas, para el deleite de los científicos todavía en espera del permiso de muestreo en aguas chinas, junto a dos científicos nacionales.

Progresamos con regularidad en el mar de China cuando, en víspera de nuestra llegada a Sanya, vivimos una alerta. Ya estaba oscuro en este domingo 18 de febrero, cuando David Monmarché, de turno de vigilancia, saca al capitán de su litera. Un barco ha cambiado repentinamente de rumbo y se acerca rápidamente a Tara, sin ningún motivo aparente. Otros puntos aparecen en el mapa al oeste, siguiendo al primero.¿Barcos de pesca subiendo a sus redes, o barcos mal intencionados? En la duda, Samuel Audrain inicia el procedimiento establecido: arrancar el motor, cambiar de rumbo, bajar las velas, avisar a la dirección de la Fundación.

A bordo, todos despiertan,  dejan su computadora o su juego de tarot. La tripulación se agrupa afuera, en silencio, mientras Tara escapa hacia el este.Reclamado por varios países, el Mar del Sur de China es un área singular donde los barcos deben extremar la precaución. El barco, cuyo comportamiento preocupa al capitán, se aleja. Pescadores, tal vez. Tara se relaja, retoma su rumbo hacia Sanya.  Marion Lauters reparte chocolates. 

Agathe Roullin